Sesión de cine

La última en marcharse, Carol, salió de casa a las seis de la mañana. Desde las escaleras del portal, un poco borracha, se giró después de haberme abrazado muy fuerte y, como es ella, con ese encanto irresistible de las personas medio locas y geniales, me dijo: “Aitor: viva la madre que os parió. Amaia y tú habéis hecho un gran, gran trabajo. Sois la hostia. Gracias”. “Gracias a ti, Carol, y a tu madre, por traerte al mundo. Te quiero.”, le respondí desde el quicio de la puerta, aunque me la hubiera comido a besos. Carol es la mejor amiga de Amaia, mi hermana. Después me fui a la cama con Alegría, mi novia, exhausto, abrumado por las emociones de un día que había esperado con los nervios del niño que se levanta para recoger los regalos de Olentzero o Papá Noël: ¡mis amigos iban a ver, por fin, un corte casi definitivo del documental!

Fue una noche mágica. Llegaron a las diez de la noche y les pusimos en la mesa una cena digna de estos tiempos de crisis: un poco de queso, paté (del baratito), fuet, patatas fritas (de bolsa), aceitunas y ganchitos. ¿Cutre? Sí. Soy un anfitrión de mierda. Pero no faltaron las cervezas ni el vino, que se bebieron con la soltura a la que obliga el haber cenado guarradas y ganchitos. Nos reunimos Carol, Veli, Juan, Ana, Víctor, Diego, Arturo, el otro Diego, Natalie, Oliver, Alegría y yo. Faltaron algunos amigos que no pudieron asistir por motivos de trabajo, pero esa será una buena excusa para volver a juntarnos en cuanto sus agendas lo permitan.

Cuando acabaron con los manjares, apagué luces, me puse frente al televisor y les expliqué que la copia de “Asier ETA biok” (Asier Y yo) que iban a ver está sin terminar: que el montaje está cerca del que será el definitivo, pero que aún tenemos que introducir pequeños cambios; que las voces en off son provisionales; que falta hacer las mezclas de sonido, el tratamiento de la imagen, etc etc… Que fueran al baño si lo necesitaban porque no pensaba parar la proyección, que se guardaran cualquier comentario para el final, que apagaran los móviles, y le dije: “Por fin ha llegado, amigos, el momento que tanto había esperado. Ahora sabréis lo que me ha tenido ocupadísimo durante los dos últimos años”. Me senté al fondo del salón y le di al play. La siguiente hora y media transcurrió en silencio, solo roto por algunas carcajadas en determinados momentos del documental, o cuando atacaban al vino y la cerveza o se fumaban un pitillo. Vieron el docu completamente absorbidos por la historia. Al terminar, rompieron a aplaudir durante un buen rato. Entonces me senté enfrente y comenzaron las felicitaciones y el bombardeo de preguntas, que al poco se convirtió en un debate acaloradísimo. Les sorprendió mucho el enfoque desde el cual está planteada la película. Supongo que se esperaban algo más típico de entrevistas y peroratas políticas con moralina. Sin embargo, lo que más me gustó fue comprobar que el debate en seguida dejó de girar sobre cómo está hecho el documental, para centrarse en lo que plantea. Y eso ocurrió de forma espontánea, visceral, por efecto de lo que acababan de ver. Ese es, en mi opinión, un indicativo de que, modestamente, hemos hecho un buen trabajo. Así pues, el debate giró en torno a cuestiones políticas, culturales, y cómo no, en torno a mi amistad con Asier, al propio Asier, y al conflicto político en el que ambos, como todos vascos de nuestra generación –por no hablar de las precedentes-, nos hemos criado; sus causas, y mucho más importante aún, las posibles soluciones. Porque esas son las preguntas que pretendemos trasladar al público, la razón que nos impulsó a realizar Asier ETA biok (Asier Y yo).



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